Columna publicada en Materiabiz, el 08/jun/2012
Si
bien la literatura sobre liderazgo es abundante, no cuesta mucho acordar que se
lo defina, palabras más palabras menos, como la capacidad para crear ambientes
(de trabajo, de competición, de pensamiento, de cultivo y desarrollo de dogmas
y creencias, etc.) en donde todos los integrantes manifiestan un elevado y
sostenido nivel de compromiso con el resultado colectivo de ese proyecto en el
largo plazo. El líder, naturalmente, es quien posee destreza en el dominio de
esa capacidad.
Esta
definición está muy en sintonía con el trabajo de Kouzes & Posner y plantea
la existencia de dos elementos inseparables de dicha capacidad: i) la presencia
de seguidores, dirigidos, liderados o como se los quiera llamar, y ii) la
presencia de la existencia, en el imaginario y en el plano aspiracional, de un
futuro superador. Veamos en qué consiste cada una.
La
primera de las cuestiones, la de los dirigidos, seguidores o liderados, suele
generar alguna confusión. Dado que el liderazgo tiene que ver con la conducción
de gente (es impensable hablar de líderes que no movilicen voluntades), se
suele suponer que todos aquellos que comandan adecuadamente a sus
organizaciones (el CEO a su empresa, el sacerdote a su parroquia y feligreses,
el capitán a su equipo, el Presidente a sus ministros y gobernados, el
directivo docente a su escuela, etc.), son buenos líderes. Esta premisa es
falsa, dado que tanto el poder como la autoridad, ya sea formal o informal, son
elementos presentes en la conducción pero que no necesariamente conducen
inexorablemente hacia el liderazgo. Un directivo empresarial, religioso,
político, educativo o deportivo puede poseer gran destreza y capacidad de
comando, ser persuasivo, creativo, inteligente, efectivo en el logro de los
objetivos de su organización, e inclusive carismático, pero puede no ser un
buen líder. Puede ni siguiera ser un líder. Sin duda es un directivo bueno y
deseable para su organización, pero no necesariamente un líder. De acuerdo a la
definición que ofrecimos anteriormente, para ser un líder, además de ser un
buen directivo y comandante, se debe poseer una componente importante de futuro
aspiracional superador. Esto nos lleva a la segunda de las cuestiones.
La
existencia, en el imaginario y en el plano aspiracional, de un futuro superador,
ennoblecedor, edificante, que actúa como impulsor y principal motor del
accionar de la gente, es el otro elemento inseparable del liderazgo, aquel sin
el cual éste se vacía de contenido. La existencia de una visión futura
mejoradora y desafiante, que no se conforma con el estado de cosas y lo
enfrenta con confianza, inteligencia y alegría, no necesariamente está presente
en el buen directivo. El líder es quien modela, inspira y ofrece a sus
seguidores o conducidos la visión de un futuro mejor, elevado aunque
alcanzable. Es por ello que no hay líder sin la existencia de un futuro,
mientras que el buen directivo puede abstraerse de generar esa visión,
enfocando su accionar en el acto de dirigir.
En la
práctica, la mejor manera de comprobar si estamos frente a un directivo o un
líder no es analizando cómo cada uno comanda su organización o movimiento, sino
analizando lo que pasa con esas organizaciones o movimientos una vez que esas
personas no están más al mando. O sea que el futuro sin el líder es la verdadera
prueba de si estábamos realmente frente a un líder o simplemente ante un
directivo con buena capacidad de comando. Por regla general, los líderes
generan visiones que los trascienden, y los directivos no.
Siendo
esta la disquisición, y aterrizando el concepto en la realidad de nuestras
organizaciones al inicio del siglo XXI, pareciera que enfrentamos una crisis no
tanto de liderazgo como de lo que el liderazgo es. Dicho de otra manera, más
que faltar líderes, parece que hemos confundido el concepto, y esto entorpece
la identificación de verdaderas capacidades de liderazgo directivo.
En
una época de enormes transformaciones, mientras transitamos desde el mundo
industrial del tipo 1.0 hacia la sociedad de la información, de la cultura
digital o como se la quiera llamar, nos encontramos ávidos y sedientos de
figuras que nos inspiren confianza y credibilidad. Deseamos tener referentes en
quienes confiar y creer, y a quienes seguir, y en ese afán, estamos intentando
identificarlos en los lugares y momentos equivocados, confundiendo liderazgo
con capacidad de comando o destreza para manejar el poder, la autoridad o
mostrar elevadas dosis de creatividad.
En
conclusión, el líder (y el liderazgo) está intrínsecamente entrelazado con la
construcción de ese futuro inspirador buscado por aquellos deseoso de seguir,
máxime en tiempos de cambios. Solamente el análisis sereno del pasado y de la
historia nos permite separar la paja del trigo, verificando quienes han sido
verdaderos líderes y quienes sólo dirigentes. Y es esa mirada hacia el pasado
la que nos permite rescatar lo profundo y permanente del concepto de liderazgo,
colaborando en nuestra búsqueda actual de nuestros líderes y modelos a seguir.
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