Columna publicada en la revista Management Society, el 19/may/2012
Días pasados asistí a un evento de management
celebrado en el ámbito local, donde algunos de los más destacados intelectuales
del mundo de los negocios compartieron el estado del arte de sus especialidades
temáticas. Se habló de producción colaborativa y co-creación, de organizaciones
inteligentes y creativas, de la vinculación entre felicidad y negocios, y del
marketing en las redes sociales, entre otros temas. Fueron dos días a puro
mundo “2.0”, ricos, interactivos y relevantes. Sin embargo, entre las numerosas
y valiosas conclusiones a las que se arribaron o recomendaciones recibidas,
percibo que no sobrevoló la idea de la
crisis de autoridad, si es que existe tal cosa, por lo que en este
artículo haré unas breves reflexiones al respecto.
El término autoridad, proveniente del latín
auctoritas, se define como el poder,
potestad, legitimidad o facultad que poseen quienes gobiernan o ejercen
el mando. El término lleva implícito tanto el derecho a conducir y gobernar
(permítaseme tomarlos como sinónimos, a los efectos de esta reflexión), como la
capacidad intrínseca del buen conductor. Quien conduce lo hace por derecho (es
elegido para tal fin) y por hecho (sabe hacerlo, está mejor preparado que otros
para ello).
Cuando uno se detiene por un instante a observar el
comportamiento interno de una organización referente a su sistema de gobierno y
conducción, advierte importantes diferencias entre las empresas líderes
concebidas para competir en el siglo XX y las creadas más recientemente. Entre
esas diferencias, el replanteo hacia el rol, la forma y la eficacia del
ejercicio de la autoridad sobresale por encima de todas las demás. Intentaré
explicar las razones. La empresa dominante del siglo XX, construida. El concepto de "mundo 2.0" fue
instituido originalmente por O'Reilly y Battelle en sobre un paradigma de
información escasa y de costoso acceso, fue diseñada a partir de una lógica
sencilla: quien conduce está en mejores condiciones que el resto de los
integrantes de la organización para tomar las decisiones que afectan su marcha.
En estas empresas modelo top-down el control es clave, el nombre del juego es el diseño
de los procesos, la estandarización genera predictibilidad en la calidad de los
outputs y el desvío es el diablo, con las estrategias del tipo six sigma
como su máxima exacerbación.
En la conferencia mencionada este modelo fue
esquemáticamente presentado por Vijay Govindarajan, líder mundial en estrategia
e innovación, como una pirámide en donde la parte superior (alta dirección)
piensa, la franja intermedia (gerencia) asegura y la base (operarios) hace.
En un entorno así descripto, la obtención y correcta
interpretación de la información se constituye en un factor de extraordinario
valor estratégico. La formación y experiencia genera saberes, que habilitan la
acción desde la dirección de acciones y conducción de equipos de trabajo. Así,
la autoridad es un espacio reservado sólo para aquellas personas habilitadas a
partir de una forma privilegiada de formación y exposición que, de otra manera,
no es posible adquirir. Por ello, en un entorno de información escasa, quien tiene
la suerte, oportunidad o mandato, de desarrollar un trayecto profesional donde
la información abunda, ya sea en cantidad, calidad u oportunidad de
comprensión, gana en formación y, con el tiempo, en autoridad.
Este principio, que se aplica para las empresas
modelo siglo XX, también es extensible a otras organizaciones e instituciones
diseñadas bajo el mismo paradigma de información escasa, como las escuelas, los
periódicos o las enciclopedias, por mencionar algunas. En este contexto,
desafiar la autoridad significa desafiar el saber, la buena formación y la útil
experiencia, y resulta difícil de sostener. Este principio constituyó el
ingrediente central del Iluminismo europeo de fines del siglo XVIII que dio
origen a la Revolución Industrial, sentando las bases del mundo moderno y de
las grandes empresas, conglomerados y acuerdos institucionales del siglo XIX y
XX. El profesor de estrategia Gary Hamel, en The future of management,
explora
en detalle esta idea.
Por su parte, las empresas emergentes del siglo XXI,
desde Google y Wikipedia hasta Groupon y Trendsetter, han sido concebidas en
torno a otro paradigma: la información abunda, no siendo ya un activo que posee
valor estratégico en sí mismo. Por lo tanto, la obtención de la información,
pagando por ella o (siguiendo la Theory of the Firm de los costos
transaccionales de Coase) generándola dentro de la organización, ya no
constituye una ventaja competitiva.
En este nuevo escenario de información abundante y
disponible, ya no es una condición indispensable que la empresa se cargue con
la tarea (y los costos asociados) de diseñar estructuras, procesos internos y sistemas
de control orientados a procesar transacciones que se generan de una manera más
ágil, económica, dinámica y en forma espontánea en el mercado a través de
fenómenos como el crowdsourcing. Por el contrario, todo diseño organizacional que
interfiera en la correcta interpretación de las señales del mercado o en los
canales de diálogo con los prosumidores, amenaza la capacidad de adaptabilidad,
timeto- market y la supervivencia de la empresa.
En estas empresas no aplica el principio topdown (los
de “arriba” piensan y mandan, los de “abajo” hacen y son controlados por los
del “medio”) y tampoco el principio de bottom-up (los de “abajo” piensan,
sugieren y elevan ideas desde la línea de montaje y los centros de atención al
cliente, los de “arriba” interpretan y deciden). No hay tal cosa como arriba y
abajo. Las estructuras organizacionales ya no responden a una lógica de construcción
piramidal de saberes, jerarquías y autoridades. Simplemente, ya no es necesario
ni se condice con el entorno circundante.
Enmarcadas en este paradigma competitivo, las
instituciones emergentes del siglo XXI nacieron delgadas, adaptables, más
sensibles a su entorno, en diálogo permanente con múltiples accionistas e
interlocutores. En este contexto, la autoridad responde a una lógica diferente,
que podría resumir en los siguientes principios:
1- La organización jerárquica en correlación con la
ubicación de los mayores o mejores “saberes” ha dejado paso a la creación de
empresas que se asemejan a comunidades planas, vibrantes y proactivas de pares,
diversos en formación pero motivados de la misma manera, o sea, coordinadamente
direccionados.
2- Va quedando desactualizada la lógica de la
organización como una obra de ingeniería social, diseñada y concebida por unos
pocos para un fin específico, dando lugar a una visión de la empresa como un
ecosistema de intereses, ambiciones, capacidades y potencialidades, con menos puestos
de trabajo y cargos, y más ambigüedad e informalidad.
3- El control como una cualidad, y el objeto de
control, sea un proceso, una persona o una política interna, deben ser
reinterpretados. La organización eficiente está dando paso a aquella creativa, por
lo cual en ésta, el control mal definido, resulta asfixiante. Para gobernar con
éxito estas nuevas ideocracias autocráticas no existe un “saber” preconcebido
asimilable a trayectos formales predefinidos a tal fin. Basta mirar el perfil
profesional diverso y errático de quienes las crean, impulsan o dirigen, para
aceptar lo lejos que se está del formato del CEO que todo lo sabe, producto de
experiencias, exposiciones o formaciones previas.
Si la esencia de la autoridad, como definimos al
inicio, es una legitimación otorgada por derecho y de hecho basada en la
experiencia y la adopción de saberes previos, en las empresas emergentes del
siglo XXI esa legitimación la otorga la capacidad de maximizar las capacidades de
un ecosistema de vibrante capacidad creativa, dinámico, voluble, desafiante y
participativo.
Por
ello, como reflexiona Reid Hoffman, los adultos, directivos y emprendedores de
la web 1.0, deben aprender a jugar nuevamente: mucho de los que ellos ven como
problemas, para las nuevas generaciones, no lo son. Lo que muchos adultos creen
que son manifestaciones contrarias hacia formas de autoridad y respecto de los
saberes, personas e instituciones, simplemente son indicios de un mundo en
transformación, impulsado por las nuevas generaciones de jóvenes y no tan
jóvenes, que bregan por una reinterpretación de la autoridad basada en lo que
es bueno, útil y relevante, en el nuevo contexto de libre flujo de información.
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