Competencias para competir en el mercado
Las empresas exitosas son aquellas que arman equipos que logran adaptarse al cambio constante para satisfacer al cliente.
12-09-2010
Juan María Segura*
Especial para UNO
La empresa es una entidad que se constituye para satisfacer necesidades actuales o potenciales y en este afán debe competir con otras empresas para que sus productos o servicios sean elegidos por los consumidores. Para tener un desempeño destacado en su carrera competitiva y así llegar antes o mejor al cliente, debe conformar equipos de trabajo de alto rendimiento, además de diseñar ambientes internos apropiados (tecnológicos y culturales) que faciliten a esos equipos obtener resultados superiores. Así, los términos competición y competencias se encuentran íntimamente relacionados.
La capacidad intrínseca de los equipos de trabajo y su habilidad para obtener resultados superiores siempre ha sido un tema de altísima prioridad en el mundo empresarial. Abordado desde la teoría triádica de la inteligencia de Sternberg o desde las siete inteligencias de Gardner, existe una larga trayectoria académico-científica en ese afán por establecer estándares de competencias y capacidades profesionales, para a partir de allí fijar perfiles de búsqueda que satisfagan la conformación de los tan deseados equipos de alto rendimiento.
Resulta importante, entonces, remarcar que las competencias cobran valor o relevancia en un contexto determinado y ello no necesariamente es trasladable a otro u otros contextos. Las competencias no son un valor absoluto, inmóvil y grabado a fuego, sino que son un valor relativo a un determinado entorno competitivo y se desarrollan en respuesta al mismo. Ellas se mantendrán relevantes en la medida que no varíe el contexto o entorno que las motivó. Así funciona, por ejemplo, en el deporte. Los jugadores o equipos de alto rendimiento en el deporte poseen lo que Sternberg define como expertez, o sea un dominio experto de determinadas competencias necesarias para lograr un resultado superior en su ámbito o disciplina de actuación (básicamente ganar torneos). Dicha competencia experta está plenamente relacionada con un determinado contexto reglamentario, que en el mundo del deporte-espectáculo se presenta como muy estable, justamente para que exista la posibilidad de desarrollar jugadores de alto rendimiento (desarrollar expertez insume muchos años, dinero y esfuerzo) que ofrezcan un buen show y garanticen que haya un business. La estabilidad reglamentaria permite a cada liga establecer un horizonte de planificación de largo plazo de desarrollo de competencias críticas para conformar equipos de alto rendimiento. Todo ello se vería parcialmente truncado ante un cambio abrupto de alguna consigna reglamentaria. ¿Seguirían Messi, Del Potro, Cabrera y Ginobilli siendo high performers con balones de otro tamaño, peso o diámetro? Difícil de saber, pero seguro que estaríamos ante la presencia de otro deporte, sólo por haber variado una consigna reglamentaria. En este punto es útil recordar que la racha más larga de partidos sin perder en la era moderna del tenis fue interrumpida por una raqueta “antirreglamentaria” de doble encordado.
El mundo de las empresas es más complejo que el mundo de los deportes, pues el consumidor es algo menos comprensible, estable y predecible que un reglamento. Manifiesta preferencias no siempre de la misma manera, varía sus requerimientos y demandas arbitrariamente, y modifica su escala valorativa de atributos del producto cuando lo cree conveniente. Satisfacer clientes y lograr que ellos compren y recompren lo ofrecido por una empresa en una situación de libre competencia es tal vez el mayor desafío del empresario.
Si bien es cierto que las empresas siempre tienen que estar diseñadas para compatibilizar continuidad y cambio, la dinámica impuesta por el actual entorno competitivo obliga a hacer más hincapié en el cambio que en la continuidad. Esta máxima del siglo XXI alcanza incluso a los grandes conglomerados industriales del siglo pasado que han tenido no sólo que repensar de cero sus organizaciones, desprendiéndose de empresas o procesos no críticos, sino también que redefinir qué se entiende internamente por competencia y talento, debiendo recrear una cultura interna de trabajo y de logro.
Si el cambio es la única certeza o la consigna dominante en estos tiempos, entonces las organizaciones deben desarrollar equipos de trabajo con competencias adecuadas para obtener resultados extraordinarios en entornos cambiantes. Sentirse cómodo con la incertidumbre, sacar rédito de situaciones ambiguas, adaptar puestos a personas y no personas a puestos predefinidos, estimular pensamiento creativo a partir de estructuras chatas y con gobierno más fragmentado, ver oportunidades en cada crisis y potenciales socios en cada competidor son algunas de las consignas competitivas impuestas por la nueva arena de los negocios.
Las organizaciones triunfantes del presente serán aquellas que logren desarrollar equipos de trabajo plenos de competencias adecuadas para el nuevo entorno dinámico e interconectado de negocios, no como resultado de la implementación del plan de contingencia para tiempos de turbulencia, sino como decisión estratégica resultante de la aceptación de que el mundo cambió.
Las empresas exitosas son aquellas que arman equipos que logran adaptarse al cambio constante para satisfacer al cliente.
12-09-2010
Juan María Segura*
Especial para UNO
La empresa es una entidad que se constituye para satisfacer necesidades actuales o potenciales y en este afán debe competir con otras empresas para que sus productos o servicios sean elegidos por los consumidores. Para tener un desempeño destacado en su carrera competitiva y así llegar antes o mejor al cliente, debe conformar equipos de trabajo de alto rendimiento, además de diseñar ambientes internos apropiados (tecnológicos y culturales) que faciliten a esos equipos obtener resultados superiores. Así, los términos competición y competencias se encuentran íntimamente relacionados.
La capacidad intrínseca de los equipos de trabajo y su habilidad para obtener resultados superiores siempre ha sido un tema de altísima prioridad en el mundo empresarial. Abordado desde la teoría triádica de la inteligencia de Sternberg o desde las siete inteligencias de Gardner, existe una larga trayectoria académico-científica en ese afán por establecer estándares de competencias y capacidades profesionales, para a partir de allí fijar perfiles de búsqueda que satisfagan la conformación de los tan deseados equipos de alto rendimiento.
Resulta importante, entonces, remarcar que las competencias cobran valor o relevancia en un contexto determinado y ello no necesariamente es trasladable a otro u otros contextos. Las competencias no son un valor absoluto, inmóvil y grabado a fuego, sino que son un valor relativo a un determinado entorno competitivo y se desarrollan en respuesta al mismo. Ellas se mantendrán relevantes en la medida que no varíe el contexto o entorno que las motivó. Así funciona, por ejemplo, en el deporte. Los jugadores o equipos de alto rendimiento en el deporte poseen lo que Sternberg define como expertez, o sea un dominio experto de determinadas competencias necesarias para lograr un resultado superior en su ámbito o disciplina de actuación (básicamente ganar torneos). Dicha competencia experta está plenamente relacionada con un determinado contexto reglamentario, que en el mundo del deporte-espectáculo se presenta como muy estable, justamente para que exista la posibilidad de desarrollar jugadores de alto rendimiento (desarrollar expertez insume muchos años, dinero y esfuerzo) que ofrezcan un buen show y garanticen que haya un business. La estabilidad reglamentaria permite a cada liga establecer un horizonte de planificación de largo plazo de desarrollo de competencias críticas para conformar equipos de alto rendimiento. Todo ello se vería parcialmente truncado ante un cambio abrupto de alguna consigna reglamentaria. ¿Seguirían Messi, Del Potro, Cabrera y Ginobilli siendo high performers con balones de otro tamaño, peso o diámetro? Difícil de saber, pero seguro que estaríamos ante la presencia de otro deporte, sólo por haber variado una consigna reglamentaria. En este punto es útil recordar que la racha más larga de partidos sin perder en la era moderna del tenis fue interrumpida por una raqueta “antirreglamentaria” de doble encordado.
El mundo de las empresas es más complejo que el mundo de los deportes, pues el consumidor es algo menos comprensible, estable y predecible que un reglamento. Manifiesta preferencias no siempre de la misma manera, varía sus requerimientos y demandas arbitrariamente, y modifica su escala valorativa de atributos del producto cuando lo cree conveniente. Satisfacer clientes y lograr que ellos compren y recompren lo ofrecido por una empresa en una situación de libre competencia es tal vez el mayor desafío del empresario.
Si bien es cierto que las empresas siempre tienen que estar diseñadas para compatibilizar continuidad y cambio, la dinámica impuesta por el actual entorno competitivo obliga a hacer más hincapié en el cambio que en la continuidad. Esta máxima del siglo XXI alcanza incluso a los grandes conglomerados industriales del siglo pasado que han tenido no sólo que repensar de cero sus organizaciones, desprendiéndose de empresas o procesos no críticos, sino también que redefinir qué se entiende internamente por competencia y talento, debiendo recrear una cultura interna de trabajo y de logro.
Si el cambio es la única certeza o la consigna dominante en estos tiempos, entonces las organizaciones deben desarrollar equipos de trabajo con competencias adecuadas para obtener resultados extraordinarios en entornos cambiantes. Sentirse cómodo con la incertidumbre, sacar rédito de situaciones ambiguas, adaptar puestos a personas y no personas a puestos predefinidos, estimular pensamiento creativo a partir de estructuras chatas y con gobierno más fragmentado, ver oportunidades en cada crisis y potenciales socios en cada competidor son algunas de las consignas competitivas impuestas por la nueva arena de los negocios.
Las organizaciones triunfantes del presente serán aquellas que logren desarrollar equipos de trabajo plenos de competencias adecuadas para el nuevo entorno dinámico e interconectado de negocios, no como resultado de la implementación del plan de contingencia para tiempos de turbulencia, sino como decisión estratégica resultante de la aceptación de que el mundo cambió.