Columna publicada en Diario UNO, el dom 14/nov/10
Quienes actuamos en el campo de la capacitación y formación de directivos sentimos la necesidad permanente de alinear el presente con una visión de largo plazo, de enmarcar la situación concreta en donde nos toca accionar con una visón macro y amplia del mundo. Este ejercicio, realizado en contextos dinámicos y cambiantes, resulta una tarea especialmente compleja, demandando una gran dosis de análisis y reflexión, individual y colectiva. La precisión del resultado final dependerá en buena medida de la apertura mental con la que entendamos y recibamos el nuevo orden de cosas, y de la valentía con la que decidamos emprender el nuevo recorrido, dejando de lado prácticas, teorías y herramientas que hayan perdido vigencia, relevancia o utilidad.
Al inicio del siglo XXI el mundo se presenta con algunas singularidades que merecen consideración.
En primer término vivimos en una sociedad interconectada y en red. En la actualidad, 2.000 millones de habitantes tienen acceso a internet, mientras que las redes sociales cuentan con 1.000 millones de usuarios únicos. La interconectividad, propia de la sociedad en red, tan bien anticipada por el sociólogo Manuel Castells en los \'90, genera no sólo una nueva concepción del tiempo y el espacio, sino también una nueva matriz de diálogo, intercambio y participación.
En segundo lugar vivimos en un mundo plano. Esta caracterización realizada por el periodista Thomas Friedman, significa que todas las sociedades actúan en una misma arena global, ya sea para colaborar, competir, movilizar o proponer. En este mundo plano y global las distancias entre sociedades, culturas, prácticas, usos y costumbres se acortan. El respecto hacia las particularidades de cada pueblo genera el entramando de base de una sociedad multicultural, realzando el valor de la diversidad.
Otra marca de estos tiempos es la irrupción de los nativos digitales o generación Y. Nacidos entre mediados de los \'70 y mediados de los \'90, y descriptos con precisión por el académico Don Tapscott en numerosos trabajos, estos individuos se desplazan con comodidad en ambientes sin jerarquías ni sistemas de clasificaciones taxonómicas ni manuales de procedimientos. Creen que la ambigüedad es una oportunidad y no un problema, y comparten códigos y creencias éticas que desafían convenciones de largo arraigo. Disfrutan el trabajo en equipo, presencial o a distancia, y dan más importancia al desafío intrínseco de una tarea que a los títulos, credenciales o etiquetas formales de los logros. Ven al mundo como un acertijo a ser resuelto, como una obra a medio emprender, y confían que lo pueden realizar.
Finalmente, vivimos en una época de gran dinamismo, bautizada por Bauman como modernidad líquida. Los flujos, las corrientes y dinámicas se presentan en permanente movimiento. La constante es el cambio y la inmovilidad es sinónimo de desactualización. Y no es que el cambio tenga un valor en sí mismo, sino que la envergadura, alcance y concurrencia de las corrientes de cambio en diferentes ámbitos de la sociedad hacen emerger un nuevo orden de las cosas, un nuevo paradigma. Atrás queda la tesis del fin de la historia planteada por Francis Fukuyama y delante emerge la oportunidad (¿responsabilidad?) de lograr los consensos, rediseñar las instituciones y adecuar las prácticas que mayor provecho signifiquen para la humanidad.
Este cambio paradigmático, esta gran revolución sin guerra, ocurre como consecuencia de la democratización del acceso a la información, ahora disponible prácticamente para todo el mundo, prácticamente sin costo. Las TIC, conjunto de tecnologías convergentes y complementarias, han permitido desarticular un sistema de organización y distribución de la información en la sociedad, dejando obsoletas a un conjunto de instituciones concebidas para administrar ese reparto. De esta manera, la información como fuente de saber y de poder se ha desplazado desde las instituciones y jerarquías organizadas a tal fin (órdenes religiosas, Estados naciones, corporaciones multinacionales, escuelas y universidades, etcétera), hacia las personas comunes, conectadas, de cualquier condición, credo, raza o edad. No en vano, el número especial del semanario Time dedicado a la personalidad del año, en 2006 otorgó esa distinción a todas las personas conectadas del planeta.
Retomando, entonces, la preocupación planteada al inicio de la columna, como formadores y capacitadores advertidos de este nuevo orden o no-orden de cosas, se nos plantean con total contundencia los siguientes interrogantes: ¿cómo preparamos a nuestros directivos para que se desenvuelvan con comodidad y confianza en este nuevo orden mundial en formación? ¿Cómo los habilitamos a tomar mejores decisiones que afectarán el bienestar de sus organizaciones en el largo plazo? ¿Cómo alentamos en ellos una formación universal y cosmopolita, pero con apego y compromiso con las culturas e idiosincrasias locales? En definitiva, ¿cuál es la nueva receta para preparar a nuestros directivos?
Pretender responder estas y otras cuestiones que puedan surgir puede parecer una tarea agobiante, una empresa difícil de emprender. Pero se presenta como una cuestión ineludible, especialmente para quienes tenemos la responsabilidad de proponer, diseñar e impulsar programas y prácticas de formación empresarial. Ineludible e indelegable.
Precisar las habilidades y competencias que resulta relevante desarrollar en nuestros directivos en este nuevo orden mundial es tal vez el primer consenso sobre el que debe trabajar nuestra comunidad de pensadores, académicos y directivos de instituciones de formación empresarial. El pensador Alvin Toffler alguna vez mencionó que el analfabeto del siglo XX era quien no sabía leer y escribir, mientras que el del siglo XXI es quien no sabe aprender y desaprender. Esta definición tal vez nos está dando un lugar, una idea, un concepto por donde comenzar a recorrer el camino. Sea desde aquí, desde la definición genérica de las competencias blandas, o desde la idea que se tiene de la producción colaborativa, la definición no se puede demorar más.
Siendo la evidencia del cambio de paradigma tan contundente, la definición de las competencias y capacidades a desarrollar en nuestros directivos se convierte en un mandato ineludible. Quienes actuamos en el campo de la capacitación y formación de directivos debemos aunar esfuerzos y darle vida a una discusión trascendental para la sociedad.
Al inicio del siglo XXI el mundo se presenta con algunas singularidades que merecen consideración.
En primer término vivimos en una sociedad interconectada y en red. En la actualidad, 2.000 millones de habitantes tienen acceso a internet, mientras que las redes sociales cuentan con 1.000 millones de usuarios únicos. La interconectividad, propia de la sociedad en red, tan bien anticipada por el sociólogo Manuel Castells en los \'90, genera no sólo una nueva concepción del tiempo y el espacio, sino también una nueva matriz de diálogo, intercambio y participación.
En segundo lugar vivimos en un mundo plano. Esta caracterización realizada por el periodista Thomas Friedman, significa que todas las sociedades actúan en una misma arena global, ya sea para colaborar, competir, movilizar o proponer. En este mundo plano y global las distancias entre sociedades, culturas, prácticas, usos y costumbres se acortan. El respecto hacia las particularidades de cada pueblo genera el entramando de base de una sociedad multicultural, realzando el valor de la diversidad.
Otra marca de estos tiempos es la irrupción de los nativos digitales o generación Y. Nacidos entre mediados de los \'70 y mediados de los \'90, y descriptos con precisión por el académico Don Tapscott en numerosos trabajos, estos individuos se desplazan con comodidad en ambientes sin jerarquías ni sistemas de clasificaciones taxonómicas ni manuales de procedimientos. Creen que la ambigüedad es una oportunidad y no un problema, y comparten códigos y creencias éticas que desafían convenciones de largo arraigo. Disfrutan el trabajo en equipo, presencial o a distancia, y dan más importancia al desafío intrínseco de una tarea que a los títulos, credenciales o etiquetas formales de los logros. Ven al mundo como un acertijo a ser resuelto, como una obra a medio emprender, y confían que lo pueden realizar.
Finalmente, vivimos en una época de gran dinamismo, bautizada por Bauman como modernidad líquida. Los flujos, las corrientes y dinámicas se presentan en permanente movimiento. La constante es el cambio y la inmovilidad es sinónimo de desactualización. Y no es que el cambio tenga un valor en sí mismo, sino que la envergadura, alcance y concurrencia de las corrientes de cambio en diferentes ámbitos de la sociedad hacen emerger un nuevo orden de las cosas, un nuevo paradigma. Atrás queda la tesis del fin de la historia planteada por Francis Fukuyama y delante emerge la oportunidad (¿responsabilidad?) de lograr los consensos, rediseñar las instituciones y adecuar las prácticas que mayor provecho signifiquen para la humanidad.
Este cambio paradigmático, esta gran revolución sin guerra, ocurre como consecuencia de la democratización del acceso a la información, ahora disponible prácticamente para todo el mundo, prácticamente sin costo. Las TIC, conjunto de tecnologías convergentes y complementarias, han permitido desarticular un sistema de organización y distribución de la información en la sociedad, dejando obsoletas a un conjunto de instituciones concebidas para administrar ese reparto. De esta manera, la información como fuente de saber y de poder se ha desplazado desde las instituciones y jerarquías organizadas a tal fin (órdenes religiosas, Estados naciones, corporaciones multinacionales, escuelas y universidades, etcétera), hacia las personas comunes, conectadas, de cualquier condición, credo, raza o edad. No en vano, el número especial del semanario Time dedicado a la personalidad del año, en 2006 otorgó esa distinción a todas las personas conectadas del planeta.
Retomando, entonces, la preocupación planteada al inicio de la columna, como formadores y capacitadores advertidos de este nuevo orden o no-orden de cosas, se nos plantean con total contundencia los siguientes interrogantes: ¿cómo preparamos a nuestros directivos para que se desenvuelvan con comodidad y confianza en este nuevo orden mundial en formación? ¿Cómo los habilitamos a tomar mejores decisiones que afectarán el bienestar de sus organizaciones en el largo plazo? ¿Cómo alentamos en ellos una formación universal y cosmopolita, pero con apego y compromiso con las culturas e idiosincrasias locales? En definitiva, ¿cuál es la nueva receta para preparar a nuestros directivos?
Pretender responder estas y otras cuestiones que puedan surgir puede parecer una tarea agobiante, una empresa difícil de emprender. Pero se presenta como una cuestión ineludible, especialmente para quienes tenemos la responsabilidad de proponer, diseñar e impulsar programas y prácticas de formación empresarial. Ineludible e indelegable.
Precisar las habilidades y competencias que resulta relevante desarrollar en nuestros directivos en este nuevo orden mundial es tal vez el primer consenso sobre el que debe trabajar nuestra comunidad de pensadores, académicos y directivos de instituciones de formación empresarial. El pensador Alvin Toffler alguna vez mencionó que el analfabeto del siglo XX era quien no sabía leer y escribir, mientras que el del siglo XXI es quien no sabe aprender y desaprender. Esta definición tal vez nos está dando un lugar, una idea, un concepto por donde comenzar a recorrer el camino. Sea desde aquí, desde la definición genérica de las competencias blandas, o desde la idea que se tiene de la producción colaborativa, la definición no se puede demorar más.
Siendo la evidencia del cambio de paradigma tan contundente, la definición de las competencias y capacidades a desarrollar en nuestros directivos se convierte en un mandato ineludible. Quienes actuamos en el campo de la capacitación y formación de directivos debemos aunar esfuerzos y darle vida a una discusión trascendental para la sociedad.
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