Columna publicada en PuntoGov, el 14/oct/10
Por Juan Maria Segura (*)
La educación siempre se ha valido de la tecnología para mejorar sus logros, y así trascender a sus actores e instituciones. La vinculación histórica entre educación y tecnología ha permitido a nuevas generaciones asimilar saberes y adquirir normas de conducta y modos de ser.
La escuela es una tecnología en sí misma. Representa un ordenamiento científico, concebido y diseñado en determinado contexto para permitir la adaptación al medio de todos sus alumnos. A través de recortes curriculares, ordenamientos etarios y elección de didácticas de enseñanza, propone un mecanismo de transmisión de información, saberes, valores y modos de vida. El diseño de los bancos dentro de un aula, la utilización de la tiza y el pizarrón, o del lápiz y el papel, son todos elementos constitutivos de un ordenamiento científico concreto, desarrollado y puesto en funcionamiento con un fin específico. La escuela como tecnología, cumple un rol de gran trascendencia en una sociedad, colaborando con la integración social, transmitiendo ciertos valores por encima de otros, y preparando a los niños para que se desenvuelvan con comodidad en la vida adulta.
O sea que la relación de la educación con la tecnología no es una característica particular ni mucho menos exclusiva de nuestros tiempos, sino que siempre ha existido, siendo la escuela una materialización visible de esa sociedad.
Las TIC son unos “saberes científicos” particulares, que también han ido evolucionando con el tiempo. Representan a un conjunto de tecnologías convergentes concebidas y diseñadas para transmitir, utilizar e intercambiar información. Las computadoras, teléfonos celular, video juegos, pizarras interactivas, televisores digitales, son actualmente las materializaciones más visibles de las TIC en la vida cotidiana. Atrás van quedando el telégrafo, el fax y la televisión abierta, tecnologías con limitada capacidad de transmisión y casi nula capacidad de intercambio de información.
En el ámbito educativo, desde hace unos años asistimos a la introducción, lenta y progresiva pero sin pausa, de las TIC dentro de la escuela. Primero fueron las PC, en las salas de profesores, oficinas de la dirección o, dentro del aula, al lado de la posición del docente, apuntaladas con cañones retroproyectores. Luego llegó la conectividad a internet y más tarde la posibilidad de que el acceso a internet sea inalámbrico. Enseguida aparecieron las computadoras portátiles, mientras en paralelo se masificaba el uso de la telefonía celular. Por último, al menos por ahora, aparecieron las netbooks, los smartphones, las pizarras interactivas y las tablet PCs. Por supuesto que esta “inundación” de TIC dentro de la escuela no ocurrió en forma pareja en todo el mundo. Hay países y regiones del mundo que aún han vivido poco o nada de este fenómeno. Inclusive dentro de un mismo país, provincia o distrito escolar, los avances son desparejos. Pero la tendencia es firme en una única dirección: las TIC ingresan a la escuela.
La generación de un ambiente de saturación digital dentro del aula no se inserta dentro de las prácticas habituales e históricas de incorporación gradual de tecnologías que la educación realiza. La incorporación de las TIC representa un cambio trascendental, paradigmático para la escuela: rompe el ordenamiento con el que la información y los saberes son recortados, organizados y administrados dentro del proceso de enseñanza.
El diseño de una curricula o la elección de un libro de texto, son recortes de la realidad y como tal son arbitrarios. Estas tareas, durante décadas, representaron un elemento fundamental dentro de la tecnología representada por la escuela. En contextos de información escasa y de difícil acceso, esta tarea era imprescindible, neurálgica. Ese poder arbitrario, tan necesario y útil en contextos de información escasa, actualmente se debilitó. En el nuevo ambiente de aprendizaje, las TIC facilitan las posibilidades de acceso a cualquier tipo de información, en tiempo real y sin costo. Eso no es ni bueno ni malo, es un dato de la realidad. Pero un dato que tiene implicancias prácticas claras: la vos de los alumnos cuenta, ellos ahora tienen más poder.
No es el mundo el que ha ingresado al aula, sino que los estudiantes han salido al mundo, aún cuando se los vea sentados dentro del aula. Han abandonado la escuela, aún cuando asistan. Este nuevo orden de cosas, obliga a repensar la escuela como la conocemos.
El desafío, entonces, para los pensadores y ejecutores de la educación, no es mejorar la escuela actual, o aumentarla. Es refundarla. El siglo XXI requiere una nueva escuela. Si aceptamos al inicio de la columna que la escuela es un ordenamiento científico, concebido y diseñado en determinado contexto para permitir la adaptación al medio de todos sus alumnos, entonces dejemos descansar a la escuela de la sociedad industrial, no sin antes agradecer la enorme colaboración que ha hecho a la humanidad. En su reemplazo, fundemos la nueva escuela, la de la sociedad de la información, la que mejor nos ayude a darle a los chicos las competencias y aptitudes necesarias para el nuevo orden de cosas.
(*) Titular del Plan Integral de Educación Digital, del Ministerio de Educación del gobierno de la ciudad de Buenos Aires
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