25 julio 2010

Dificultades para ser "responsable"
Columna publicada en Diaro UNO, el dom 25/jul/2010

La distribución de bienes y servicios en una sociedad es, como la mayoría de las cosas, una moneda que tiene dos caras: la de los oferentes (empresas) o generadores del push y la de los demandantes (consumidores) o generadores del pull.

Ambas partes, en un proceso dinámico, interactivo y continuo, “dialogan” diariamente a través de transacciones y contrataciones realizadas en forma voluntaria. Ese diálogo, además de orientar la distribución de mercaderías y recursos en la sociedad, produce información fundamental que es reutilizada para alimentar el proceso tanto desde el lado del productor como del lado del consumidor.

A pesar de que productores y consumidores son partes constitutivas de un mismo proceso, son las empresas las que reciben mayor atención y presión respecto de lo que se considera socialmente responsable, minimizando la responsabilidad que a los últimos les compete cuando en una sociedad no se logra armonizar un sistema de distribución de bienes y servicios socialmente responsable y medioambientalmente sustentable.

Propongo repasar brevemente lo que considero un injustificado sesgo en el análisis.

La teoría subjetiva del valor es una corriente de pensamiento económico relativamente nueva en términos históricos, a pesar de que dominó la discusión económica de todo el siglo XX, enmarcando el siglo de la producción masiva y todo el corpus académico del management, sea esto arte, ciencia o simple profesión.

La citada teoría fue desarrollada a partir de investigaciones realizadas por integrantes de la Escuela Austríaca de Economía, dando por tierra la errónea premisa de que las cosas tienen valor debido al costo de los insumos que las componen. Diferentes autores, entre los que se destacan Bohm-Bawerk, Mises y Hayek, coincidieron en que los bienes tienen valor solamente cuando los sujetos así lo perciben, y dicha valoración se materializa a través del precio al que ambas partes, productores y consumidores, pactan la transacción de los bienes o servicios en cuestión.

A partir de este sencillo razonamiento, que hoy parece una obviedad pero que en su momento produjo un giro copernicano en la teoría económica, se desarrolla la idea del principio de incertidumbre (riesgo) empresario y se establece un sistema de preferencias y organización que, a partir de los precios, guía la combinación de insumos y la distribución de bienes en una sociedad.

Los recursos de producción (ideas, patentes, materiales físicos y tecnológicos, personas, tierra y demás) se combinan en diferentes proporciones, tamaños y formatos bajo el supuesto de que habrá sujetos interesados en adquirirlos a determinado precio esperado (Pe).

En condiciones de libre competencia, dicho precio esperado deberá ser suficiente, no sólo para cubrir los costos de producción, sino también para retribuir la incertidumbre asociada a la actividad productiva. Si el precio final de venta coincide con el valor esperado (caso A), los costos son cubiertos y el riesgo empresario es retribuido con un margen de utilidad, lo cual animará al empresario a continuar con el proceso de producción del bien o servicio en cuestión. Si el precio al que finalmente se pacta la transacción es mayor al precio esperado, la utilidad empresaria aumenta en ese sector y también lo hacen las posibilidades de realizar nuevas inversiones, investigaciones o desarrollos.

Adicionalmente se emiten señales positivas hacia otros potenciales productores, que ahora estarán más interesados en ingresar a ese sector de la producción con márgenes de rentabilidad superiores a los esperados.

Por el contrario, si el precio pactado es menor al precio esperado, la utilidad empresaria disminuye, y aumenta el incentivo a abandonar la producción del bien en cuestión, reasignando los mismos recursos y talentos a otra actividad o sector de la economía. El desarrollo de prácticas y acciones socialmente responsables o medioambientalmente amigables por parte de las empresas implica una asignación extra de insumos, o procesos más largos o más engorrosos, o ciclos de crecimiento más lentos, o ¡todo ello junto!

En todos los casos, por definición, implica mayores costos de producción. Reducir emisiones de gases, utilizar papel reciclable, producir tomates orgánicos, reciclar aguas utilizadas en un proceso industrial o limitar el uso de agroquímicos, por diferentes motivos, aumenta los costos. De mantener el empresario las expectativas de utilidad, el aumento de costos por adoptar prácticas socialmente responsables desplaza el precio esperado hacia un nuevo nivel (caso B).

El consumidor, frente a este nuevo precio, deberá analizar si valora lo suficientemente las nuevas prácticas adoptadas por el empresario, a tal punto de convalidarle la variación del nivel de precio. Si lo hace y compra a un precio más elevado, estará apoyando en forma explícita y visible las prácticas socialmente responsables y medioambientalmente amigables propuestas por el empresario. Si ello no ocurre, y el consumidor indefectiblemente termina validando las ofertas que, a igualdad de prestación, son ofrecidas al precio más bajo, con independencia de las prácticas de producción utilizadas, entonces es poco probable que las empresas sostengan en el largo plazo dichas prácticas y acciones.

El consumidor estará apoyando esquemas de producción del tipo A en detrimento del tipo B. Aquellas empresas que decidan incurrir en mayores costos por incluir las nuevas prácticas no tendrán una recompensa en el precio final pactado y terminarán operando con menores márgenes (caso C). En esas condiciones, se verán obligadas a abandonar las prácticas incorporadas o a abandonar la industria. Lo que intento destacar es que las prácticas socialmente responsables no sólo les competen a las empresas, sino también a los consumidores. Ellas implican mayores costos, que deben ser sostenidos por un sistema de preferencias y valoraciones, y guiados por un sistema de precios.

Las empresas, en el largo plazo, seguirán dedicadas a interpretar las preferencias genuinas y subjetivas de consumo de la gente por sobre los discursos moralistas o políticamente correctos.

Aquí el link a la columna: http://www.diariouno.com.ar/edimpresa/nota.php?id=248855

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